Contra la piratería

Jueves, 24 dUTC Agosto, 2006

Ayer en el cine vi un anunció contra la piratería que cambió mi actitud completamente. Nunca he tenido opiniones fuertes acerca de la piratería, siempre creí que practicarla o no era un asunto personal y que era de mal gusto hablar de eso en público. Como la religión, digamos.

Pero este anunció me hizo ver lo equivocado que estaba. Creo que fue en buena parte verlo planteado de una manera concreta, en una situación cotidiana, lo que lo hizo efectivo. Los argumentos abstractos no logran encender pasiones con esa intensidad.

Una casa como cualquiera. Cocina y comedor son uno; una casita modesta para una familia modesta. Los niños y la abuela sentados a la mesa. El anunció me empieza a intrigar: ¿vive ahí la abuela o solo visita? Van sólo un puñado de segundos pero el drama ya se asoma.

De pronto la puerta.

Se abre.

Entra la madre de los niños, la hija de la abuela. Cansada tras un largo día de trabajo. Las cosas como son estos días, uno entiende. Llega a su casa y se sienta pesadamente a la mesa. Anhela relajarse un poco. Me identifico.

La mujer trae una película.

De solo verla sé que es pirata.

Ella confirma mi intuición repentina, les dice que se ve buena y que salió casi regalada.

Allá ella, pienso yo. Cada quien.

La abuela tiene mal gusto. Le pregunta a su hija si la piratería es como robar. Mejor la cito: “Pero eso como robar, ¿no?”. Por como formula la pregunta queda claro que la abuela cree que sí, que efectivamente es como robar, cree que su hija, su propia hija es una ladrona. Ha de pensar yo no la crié así, yo no merezco esto. Pero tiene vocación de madre: su voz delata más preocupación que enojo.

En el momento estaba completamente absorto en el drama, pero ahora, con calma, me admira la habilidad del cineasta, la economía con la que traza los personajes y la situación. Y todo tan accesible: me puedo imaginar en esa situación sin mayor esfuerzo. Hasta sé como me peinaría si fuera el que compró la película y como si fuera quien lo regaña.

La mujer se defiende con una precisión y agudeza que me parece fenomenal. Dice que ella no robó, que ella compró la película. Se sacude el universo y veo la luz. Tiene razón: si acaso la piratería es mala, es un mal de otros. Yo no robo las películas, si es que eso es robo, para cuando yo entro en contacto con ellas son mercancía. Doy dinero a cambió de un bien y del trabajo de quien las graba. En todo caso es él el que comete el crimen. Yo soy un consumidor. Nunca he oído que tanto peca el que mata la vaca como el que compra el rib-eye.

Entiendo también a la abuela. Es de una generación anterior, más rígida. No espero que ella entienda, no espero que logre las distinciones sutiles que caracterizan al mundo moderno. Sonrió con compasión y le digo –en voz baja porque todavía hay parte de mí que sabe que estoy en un cine, al menos físicamente, mientras mi espiritú habita el anuncio– Abuela, tu hija te lo dijo todo, pero no te preocupes si no entiendes, solo confía en ella.

Me siento seguro, tengo una postura firma acerca de la piratería por primera vez en mi vida, sigo sonriendo y solo espero la pantalla negra para aplaudir, cuando, de pronto, en una fracción de segundo el giro entero del anuncio cambia.

Hay una subtrama.

Tan concentrado estaba en la discusión entre la abuela y la madre de los niños que los olvidé a ellos. ¿Entenderán las consecuencias filosóficas del elíptico debate de los adultos? ¿O sólo querrán jugar? Recuerdo mi infancia. Yo no tendría paciencia para esas cuestiones. Para mi el debate moral sobre la piratería sería aburrídisimo, cosa para los adultos. Cuando yo era niño, los adultos no se sabían divertir.

El niño se levanta y va a la puerta.

Su madre le pregunta a donde va. Su tono indica que el niño no puede salir. Que tiene que quedarse a cumplir los deberes.

Es una confrontación intensa. Yo lo sé, tuve muchas de esas cuando era pequeño.

Aguanto la respiración durante la pausa que hace el niño. Desafiante finge calma y dice que va con sus amigos.

Su sang froid funcionó. La madre no puede más. Muestra su enojo primero. Le dice que no puede ir, que tiene que estudiar para el examen.

El niño sigue controlando su ira de una manera escalofriante. Dice que no es necesario. Eso es, pienso, sé impredecible.

Su mamá no logra contener la sorpresa. Quiere saber por qué es innecesario que estudié para el examen su hijo. Su cara me hace pensar que no piensa que sea por la inteligencia y memoria del chamaco. Me entristece pensar que no confie en él, pero me recuerdo a mi mismo que yo solo he conocido al niño unos 20 segundos. Su madre lleva con él toda la vida. Decido darle el beneficio de la duda a la mujer.

El niño dice con toda naturalidad que ya consiguió el examen. ¡Y su mamá dudó de su inteligencia!

La mujer pone cara de decepción y le pregunta si lo robó. ¡Yo me había confundido: no era su inteligencia de la que dudaba! ¡Era su sentido moral! Ahora entiendo todo. La mujer encuentra inmoral robar examenes.

Lo pienso unos segundos y concuerdo. Cada vez le tengo más respeto a la señora.

El niño me apantalla: conserva la cabeza fría aún. Dice que no lo robó, dice que lo compró.

No puedo creerlo. Y yo que me impresioné tanto. El niño es un idiota. ¿Cómo puede creer que eso arregle todo? ¿Lo compró y qué, yo lo tengo que celebrar acaso? ¿Lo compró y por eso todo está bien? ¿Lo vuelve menos inmoral? ¿Esa es la idea?

Que asco de muchacho.

La mamá reacciona como yo. De la impresión y decepción enmudece.

Estoy hirviendo de coraje. Al menos el escuincle ya se fue.

Luego la niña, la niñita dulce e inocente que yo hacía completamente fuera de la jugada, la niña lanza una bomba. Como tu película, le dice a la mamá.

Lo entiendo de inmediato. Por eso me sonaba familiar el argumento estúpido del mocoso: su madre lo esgrimió contra la abuela. Es enteramente análoga la situación, la niña tiene razón. Lo sé, lo siento en los huesos.

La sangre se va de mi cara. Mi corazón no puede ya con la gravedad. Se me adormece la lengua. Me hormiguean las piernas.

Las dos.

Me da comezón en la nuca y me falta el aire.

Decido ahí mismo dedicar mi vida a luchar contra la piratería.

Y construir un altar a mi salvadora: la niñita lista que me explicó las cosas como son. Como realmente son.