King Kong

Desde que me enteré que Peter Jackson reharía King Kong esperé ansioso por ver su versión. A Jackson le tengo mucha fe desde Heavenly Creatures y me dió mucho gustó cuando por fin lo dejaron hacer su gran proyecto: la trilogía del Señor de los Anillos. Como todos sabemos, esa vez a gran proyecto correspondió gran resultado.

Acerca de King Kong siento menos entusiasmo, pero también mi sentir al verla fue más complejo. Ví la película original, la de 1933, cuando era pequeño y lo que más recuerdo fue estar maravillado. No es difícil maravillar a un niño, bien lo sé, pero no importa: volví a King Kong un símbolo personal; para mí representó siempre la gran aventura, la magia residual en el mundo y, también, el entusiasmo de la infancia.

La película de Peter Jackson la vieron otros ojos. Muchas veces he querido poder ver las cosas como lo hacía cuando niño, y de hecho lo consigo, pero solo hasta cierto punto. No puedo saltar los años intermedios, no del todo. La trama, por ejemplo, no sabe igual que antes:

Cuando el cine era joven, el vaudeville grande y el Empire State dominaba Manhattan, una actriz hambrienta descubre que en tiempos de vacas flacas las humanas corren negra suerte. Embaucada por un escurridizo estafador de cine, embarca hacia la aventura y Skull Island. Ahí conoce un apuesto gorila, sano salvo por un defecto congénito: nació con cuarenta pituitarias. Consigue que la regalen a Kong y de la (en su) mano huyen al interior de la isla. De la perspectiva del héroe, esto fue un ingenioso secuestro ideado por el gorila. Corre al rescate de su damisela y se ve decepcionado al notar que ella desarrolló el más severo caso de Síndrome de Estocolmo jamás registrado. Sin entender sus sentimientos, todos regresan a la otra de isla de esta Historia de dos Islas: Manhattan.

La actriz se aleja de Kong, sabiendo que ese amor está condenado, y del héroe, sabiendo que ese amor ella no lo siente. El héroe escribe una obra de teatro llena de consejos sobre mujeres que su subconsciente le envía, la ve y abre los ojos. Corre a enfrentar a su rival: Kong, ahora Rey. Lo encuentra en el teatro, donde Kong es actor, empleo que consiguió con base en su físico. Hay larga tradición de galanes que encaprichados se rehusan a actuar si no es conquistando a la mujer predilecta, pero pocos tienen ira tan temible como la de Kong. Rompe su contrato y el teatro y sale a buscarla, a ella, la única que lo comprende.

El destino siempre es cómplice del amor si éste es puro y vero. Gorila y actriz se encuentran y trepan el Empire State –Kong galantemente haciendo la mayor parte del trabajo. En la punta, la sociedad muestra su coraje ante un romance prohibido a los amantes por difererir en especie y número de pituitarias. El ejército, no sin sustanciales pérdidas, subyuga y mata a King Kong, tirándolo del edificio. En el suelo, el manager de Kong, quien no vió a los biplanos, comenta que fue la belleza lo que lo mató. Mientras tanto, el héroe, aliviado, descubre que aunque no primero en el corazón de la actriz, por lo menos era segundo.

De chico, nada de eso me hubiera parecido fuera de lugar, simplón o desmotivado. También, los efectos especiales de la versión vieja me fascinaron. Ahora, ni siquiera me gustaron todos los de la nueva. (La mayor parte son excelentes, sin duda, pero en algunas partes la pantalla verde es dolorosamente obvia.) De niño tampoco hubiera notado que Jack Black es menos expresivo que King Kong. (En defensa de Black debo decir que había mucha más gente trabajando en animar las expresiones faciales de Kong, ventaja insuperable y a todas luces injusta.)

Tal vez ahora sea sorpresa que me gustó mucho el homenaje al cine de Peter Jackson y me divertí como enano, como niño, viendo la película. Es muy buena y no quiero que mis comentarios anteriores oculten mi gran satisfacción al verla. Que difícil comunicar en un texto lineal la simultaneidad: todo lo que escribí arriba lo pensé durante la película, pero ocupó solo un rincón de mi pensamiento, principalmente disfruté la aventura, me emocionó la acción, y me impresionó el changote (su agilidad y fuerza, su porte, su sensibilidad y sobre todo, su tamaño). Recobré en esas brevísimas tres horas algo de mi niñez. Escribí lo de arriba, para quejarme no de esta película, sino de lo que perdemos al crecer.

La película de Peter Jackson simplemente no tuvo la suerte de la del 33: no la ví tan chico. Me sentí cínico, más eso no me acongoja pues creo inevitable mi cinismo. Inevitable, pero templado por la mesura: me precio de poder todavía dejar ver, simúltaneamente al yo actual, al niño que fuí. Disfruté mucho a King Kong en esta vuelta, como sabía que pasaría, pero también sentí nostalgia: no de la película vieja, sino del viejo espectador de ojos frescos y sorpresa fácil.

Autor: Omar

re(des)conocido autor de 1.0 blog(s).

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